
Cuando
yo era más jovencito y pertenecía a los boy-scouts (hace ya años que
por salud, especialmente la mental, los tuve que abandonar),
realizábamos en las animadas e inocentes veladas nocturnas en torno a
una hoguera (no confundir con aquelarres) en los campamentos de verano,
un sencillo juego (¿o tal vez era un juego absolutamente ridículo?) que
consistía en continuar la frase con que el Jefe iniciaba una historia,
añadiendo cada uno de los patrulleros (“Jabato Alegre”, “Puma Diestro”,
“Lobo Dulce”, “Bisonte Grácil”...) matices rocambolescos que
dificultaran la continuidad al siguiente compañero y que finalmente
diera como resultado una narración inverosímil de la que nos reíamos con
alegres chilliditos (¿o era quizá de manera estúpida?).Esta es la sensación
que tuve al leer el extenso libro de Janer (extenso es un término
relativo a la sensación vivida durante su lectura). Pónganse en
situación y realicen a varias voces (o en soledad pero cambiando
aleatoriamente el timbre de voz) el juego de los boy-scouts con el
sintético e incompleto resumen que de la novela ofrezco:
- Ignacio está en un aeropuerto.
- Recuerda a Dana, a la que abandonó, y se va a Roma a buscarla.
- Dana es mallorquina.
- Dana conoció a Ignacio, que es mallorquín, en Mallorca.
- Pero Ignacio está casado.
- Pero se van a vivir juntos y hacen el amor.
- Pero Ignacio vuelve con su mujer que es una arpía de primera y mallorquina también.
- Dana llora y se va a Roma.
- Allí conoce a Matilde que es mallorquina.
- Matilde sufre mucho porque se le han muerto tres maridos.
- Dana conoce en Roma a Marcos que es mallorquín y sufre mucho.
- Porque se le murió su chica que es de Llubí (Mallorca).
- Su chica llevaba zapatos de cristal y hacían el amor.
- Pero sólo se murió un poquito.
- Marcos conoce a Antonia que es de Mallorca y hace el amor.
.../...
(Añadan muchos más
llantos, algunos encuentros picantones desgraciadamente nada explícitos,
muertes, abandonos y cuatro o cinco personajes más).
Y al final casi todos,
menos Dana y, ¡claro está!, los que han muerto, vuelven a Mallorca.
Lloran mucho, comen verduras de colores, carnes especiadas y se
consuelan unos a otros.
Habrán comprendido dada
su sagacidad (y porque lo dejé anotado más arriba) que he simplificado
la trama del libro. Pero me atrevería a decir que no excesivamente.
Janer tiene un uso del
castellano correcto. Maneja bien la narración aunque hay capítulos que
se espesan con lugares tópicos más de lo deseable. Acude a los saltos de
tiempo como recurso literario sin especial creatividad, pero bien
trazados. Deja abiertos los capítulos entremezclando tramas para
mantener la tensión. Como en los culebrones venezolanos o españoles que
pueblan la magnífica programación de nuestras televisiones.
Creo sinceramente que
no es un libro para recibir un premio de 600.000 euros... por el respeto
que me producen tantos ceros tras un dígito. Pero también creo que no
es su culpa... suya de ella... de Maria de la Pau... y por tanto, confío
que haya disfrutado de ellos. Si me permite la frivolidad, ahora que
estamos en crisis, espero que no los haya invertido en una casa, aunque
si lo ha hecho, mejor en Mallorca que en Roma: en España ha sido una
forma de “pelotazo económico” muy al alza hasta hace muy poco.
Probablemente el premio
Planeta ya no busca, si es que alguna vez lo hizo, alta calidad
literaria, sino puro y duro comercio de letras “juntadas”. No hay
proporción entre el valor del dinero recibido, que les puedo asegurar
que no gano yo todos los días en mi trabajo, y el valor literario (hay
premios mucho más modestos que han recaído en libros realmente novedosos
y excepcionales).
Y sin embargo es un
libro legible (¡ya sé que todos los libros son legibles! me refiero a
que tiene una lectura amable). No es mi estilo de lectura (quizá si de
mi escritura, pero yo tengo pudor para no presentarme al Planeta), como
el avispado lector ha podido captar entre líneas. Pero a buen seguro
creo que sería muy del gusto de mi muy querida suegra, ávida conocedora
de los enredados perfiles psicológicos de los personajes de los
programas de “reality” de televisión, sensible ante las pasiones
primarias y radicales de los seriales, sinceramente creída en que la
vida misma es una novela escrita de dolores y sufrimientos que quizá se
rediman cuando aparezca de manera providencial el Príncipe Azul de cada
una. O de cada uno si fuera el caso. Es un libro bien construido con una
historia un poco empalagosa para mi paladar lector, pero seguro que
coincidente con el gusto literario de mucha gente.
No le ha hecho ningún
favor... al libro, el hecho de recibir el Premio Planeta. El revuelo que
se montó por las declaraciones del jurado el escritor Juan Marsé, o del
padrino de edición el fallecido y recordado Francisco Umbral cuando
pretendidamente debía loar la obra en su presentación pública, debieron
echar atrás a muchos “lecto-consumidores” que ya no se animaron a su
compra y posterior lectura. O Quizá sí: Planeta siempre resulta
rentable.
Yo mismo reconozco que
lo compré por obligación, por el compromiso que adopté con La Casa que
Grita de contar mi impresión de simple lector al margen de las profundas
y sesudas críticas literarias que de manera tan cruda han hecho arder
la obra (había motivos para dicho acto pirómano).
Y lo leí porque lo
compré, y trato de leer todo lo que compro para que no me regañe mi
mujer por despilfarrador. De no mediar ese compromiso habré de admitir
que me habría dejado llevar por la opinión de los críticos más críticos
que ya desde la concesión del premio nos avisaban y no hubiera comprado
el libro.
En su lectura he de
reseñar que he pasado momentos al borde de un ataque de nervios,
momentos entre tinieblas, momentos en que lo que mandaba era “la ley del
deseo”... de abandonar la lectura; pero también ratos de verdadera
pasión por adelantar hojas para conocer el desenlace de la trama que,
sin presunción de ningún tipo respecto a mi cociente intelectual y sin
que posea yo poderes adivinatorios reconocidos, he de afirmar que
siempre coincidía con lo que yo esperaba. Para finalizar la lectura de
la obra y dado que me iba yo dando a mí mismo largas en la tarea, me
tuve que embarcar (literalmente) en sucesivos trenes a lo largo de toda
una mañana para forzado en la soledad del viajero concluir la faena. Las
últimas trescientas páginas me costaron cuatrocientos kilómetros de
ferrocarril (varias idas y vueltas Madrid-Segovia en el cercanías).
Recomiendo su lectura.
Contradictoriamente a lo que se puede pensar, la recomiendo
sinceramente. Es un libro ideal para llevar a la playa del Arenal en
Mallorca, en época estival, con 39 grados a la sombra. Mientras te
tuestas al sol entre millones de seres humanos desnudos o semidesnudos y
embadurnados de cremas y aceites, aspirantes a convertirse en entrecot
pasado a la parrilla, acercarte a su lectura. Si te vence en esas
circunstancias el deseo de abandonar la lectura al llegar, por ejemplo, a
la página 69 (sin que ello tenga necesariamente connotaciones de ningún
tipo), sus dimensiones físicas siempre pueden facilitarte su uso como
parasol.