Soy de los tópicos castellanos que crecieron en la lectura sólo con autores en
lengua española. Y no me refiero sólo a la imposibilidad de leer en lengua
original obras de escritores ajenos al mundo hispanoamericano. Hablo de un
cierto desdén frente a la creación literaria de otros pueblos. Como si con
Cervantes, Garcilaso, Quevedo, Machado y Lorca... se acabara el universo
literario de calidad.
Sólo tardíamente he descubierto autores “extranjeros”,
en este caso norteamericanos, en los que su lectura se me ha transformado en
pasión. Sin afán recopilatorio y sin orden, Roth, Chevalier, O´Briam, Auster...
y demasiado tardíamente (por su, aún podemos decir, reciente fallecimiento)
Susan Sontag.
Hago, con lo dicho, reconocimiento de mi inconsistente y
pueblerina cultura. Pero también quiero hacer constar que trato de recuperar
como alumno aventajado el tiempo perdido.
“El Amante del Volcán” no sólo es una magnífica historia. Es la descripción
de las almas de los personajes que introduce, de sus pasiones, de sus respuestas
a la vida, de su manera de afrontar un mundo en cambio y de salvaguardar los
retales de propiedad íntima que la vida les deja. Es un recorrido por las
diferentes obsesiones cambiantes a lo largo del camino vital de la persona, el
coleccionismo como forma de vida y de retener y soltar aquello que deseamos por
bello, el amor en diferentes facetas, el valor y sus cobardías inherentes, el
estatus social que nos condiciona y nos acepta y nos rechaza, nos usa y nos
abandona.
Ubicada la trama a caballo del fin de siglo XVIII y comienzos del
XIX y entre Inglaterra y el Reino de Nápoles, no es una novela histórica sino un
relato sobre la pasión, el cambio, el amor, los condicionantes sociales como
categorías que trascienden la mera cronología.
Uno, que es coleccionista –en
mi caso de libros-, buscando el regocijo no sólo de su uso sino de su posesión,
se siente desnudo ante páginas de este libro que adentran en los mecanismos del
hombre que trata de acumular belleza por la necesidad de hacer a su alrededor un
mundo estable e imperecedero que eluda así el paso inexorable del tiempo.
El
protagonista en torno al cual se registra la vida del resto de personajes queda
definido por su afán coleccionista; y en torno a esa cualidad se pueden leer
todos los matices que el prisma de su vida acarrea: antigüedades, imágenes del
volcán, cuadros, piedras... pero también queda definido su ser coleccionista en
sus amores y en sus relaciones con los otros. Su mujer, el amante de su mujer,
su sobrino, los Reyes de Nápoles... son cuadros cuidados de su colección a los
que trata con distancia y a los que permite unas relaciones y actitudes poco
convencionales.
Los ocasionales saltos que la autora hace a referencias del
presente, pequeñas pinceladas que distancian al lector de la tentación de
sumergirse de lleno en la historia sin trascender al mensaje que ofrece, lejos
de romper la magia de la lectura, nos recolocan periódicamente en el trasfondo
de la obra: la profundización en el alma humana que se apasiona indistintamente
del tiempo en el que le haya tocado vivir.
Pasión. Esa es la palabra que
define el contenido de la novela de Susan Sontag. Un manejo del lenguaje
ejemplar y muy asequible.
Un reconocimiento muy especial a Marta
Pessarrodona, su traductora. Una novela imprescindible.

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