Si se me permite hacer un desnudo parcial, imprescindible para comprender porqué
esta pequeña novela me resultó apasionante, puede que transmita mejor el interés
y el valor de este libro.
Uno viaja por la vida con sus
propios fantasmas. Una noche de largas caricias sensuales en acordes
delicadamente punteados de guitarra acústica como fondo a una flauta travesera
en una canción de Jethro Tull (“Thick as a brick”) rota al final por una
explosión de placer expresada en el agudo chillido de las guitarras eléctricas y
un órgano Hammond sonando a psicodelia de los años 70: escena ésta que
transcurre en un amplio loft del East Side de NY.
Si además, en esas edades donde
todos hemos querido ser re-creadores y trans-formadores del mundo, uno ha sido
bohemio de acuarela pisando garitos nocturnos en Pigalle, habitando oscuros
hoteles “de encuentro”, disfrazado con un foulard de lino y chaqueta de pana...
el resultado es que este pequeño libro nos cuenta la historia del que nos
hubiera gustado ser, y del íntimo anhelo de que nos ocurra.
La historia de un pianista roto por el alcohol que ha rehecho su vida como
burgués cuidado y asentado. La historia de un recodo casual de su renovada vida
que le hace revivir de nuevo el jazz, el alcohol, los amores de barra de bar…
con el sentimiento de que jamás debió abandonar todo aquello. Porque aunque todo
aquello le lleva nuevamente al derrumbe, el camino a oscuras y sin trazado claro
es la vida que apasiona, y en la vida que ha construido siente que ya estaba sin
vida.
El placer del mar desnudo después
del amor furtivo tras una noche de licor, de sudor, de música. La noche como
refugio donde dar suelta al que íntimamente somos. Remordimientos y tragedia.
Ese tren que sucesivamente parte sin nosotros porque no queremos volver. La
historia contada por Gailly recuerda la letra de esa canción de Manolo García,
Insurrección:
“barras de bar,vertederos de amor,os enseñé mi trocito peor...retales de mi vida, fotos a contraluz...”
Este pequeño libro es una
construcción perfecta. Una novela construida con la estructura redonda y
tradicional enunciada por Pío Baroja. Un libro “de libro”. Capítulos breves,
hilados. Presentación-trama-desenlace. Pero además posee un lenguaje
fotográfico: se suda el sudor, tiemblan las manos sobre las manos temblorosas
del protagonista, se huele el denso humo del tabaco en el bar sumido en un
sótano, se masca el sabor a resaca y wisky, se escuchan esos acordes de piano
superponiéndose al contrabajo y a las baquetas, se inundan los ojos de ese verde
que enmascara la sangre en un hospital.
Cuentan mis amigos más próximos a
la literatura francesa y mucho más expertos que yo, que Christian Gailly
responde perfectamente al personaje de su novela, un enfant terrible de la
noche, solitario y meditabundo. Bohemio antes que escritor. ¿Qué escritor en el
fondo no está escribiendo sobre sí mismo y sus fantasmas?.
Premio Inter y mejor novela del
año según los lectores de la revista Lire, con 150.000 ejemplares vendidos. Ese
fue el tirón que me hizo acercarme a él y enamorarme de su literatura. Cuando
acabé el libro sentí que me habían faltado muchas páginas, que la novela era muy
breve. Y así seguramente debía ser: es probable que las grandes conmociones sean
tan breves y veloces como ese tren que pasa a una hora, y a otra, y a otra, y
pasa siempre de largo porque en el fondo no hemos querido cogerlo.

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