Tolero bastante mal que me impongan las lecturas. Depende de quién vengan, ni
siquiera tolero las sugerencias. La arrogancia, prima hermana de la ignorancia,
es una “virtud” arraigada en mí, y por ello los consejos sobre como satisfacer
mi vicio solitario de lectura, caen muchas veces en saco roto. Craso
error.
Es el caso de la novela que hoy
comento.
Sucedió que acudí a dar una
conferencia en un congreso a las Islas Canarias hace ya algunos años. Los
organizadores me agasajaron con gran amabilidad, y entre la documentación del
congreso y algún detalle “cerámico” deslizaron en la cartera del evento un
pequeño libro (pequeño por su tamaño, que no por su extensión o calidad) que
resultó ser Mararía de Arozarena, un escritor canario del que, sinceramente,
desde mi inconsistente cultura literaria, jamás había oído hablar. Si a ello le
añadimos que venía editado por una editorial local y recordamos mi inherente ser
arrogante antes reconocido, el desdén por la obra fue total.
Sólo mi pasión coleccionista de
libros no hizo que acabara el texto en un rincón del desván donde han quedado
almacenados para el recuerdo (¿o quizá para el olvido?) aquellos objetos
imposibles que me entregaron con agradecimiento inmerecido los que con mi
agradecimiento cuentan por soportar mis diatribas: un grabado en plata de la
catedral de Burgos, la miniatura en plomo del monumento a los Fueros de
Pamplona, una lámpara minera de León, el escudo emblema de un cuartel de
infantería con placa de agradecimiento a mis servicios, ciclistas en cerámica
gallega de Sargadelos que, se intuye, corren el Camino de
Santiago...
No obstante la novela quedó en el
olvido. Pasó a engrosar la extensa pila de libros “pendientes” que quedan muy
elegantes, por decorativos, en una pequeña mesita del salón de casa. Un paisaje
doméstico muy intelectual.
Pero si algo me enrabia de verdad
es poseer algo que no tenga uso. Y en el caso de los libros no me basta con su
uso estético. Además, soy bastante autocrítico con los prejuicios que me
construyo desde la ignorancia. Y por fin este verano le hinqué el ojo y resultó
que casi le hinco el diente de lo sugestivo y apetitoso que resultó el
texto.
Mararía es una obra del año 1973
pero podría serlo por su consistencia, por su tristeza, por su desconsuelo ante
la sociedad que relata, una obra muy anterior. No sé si acierto en mi juicio
pero, si tuviera que incluirla en alguna corriente literaria, la ligaría al
camino trazado por novelas como La familia de Pascual Duarte de Cela, como Nada
de Carmen Laforet, como Tiempo de silencio de Martín Santos... Es decir, todo un
estilo, ya clásico, duro, realista, triste y sin embargo maravilloso, de
posguerra española. Es la novela más conocida de un autor muy conocido (lo que
redunda en mi reconocida ignorancia). Tras su lectura he encontrado traducciones
al alemán, al inglés, al italiano... y que, como no podía ser de otra forma en
una novela tan “visual”, se ha llevado al cine en 1998 con participación de
director, actores, músicos... más que relevantes del mundo cinematográfico
español.
Mararía es María, todo un
paradigma de “la-mujer”, de la tragedia por ser mujer: bella, inteligente,
trabajadora. Y humillada, despreciada, y rota en su destino roto. Por ser mujer,
por ser bella, por ser apetecible. Atada en corto, que es como se ha mantenido a
las mujeres durante siglos y siglos, y sociedades y sociedades. Mararía podría
ser la historia y el destino de cualquier mujer en cualquier país. Mararía es la
tragedia de ser mujer. Mararía es el destino orate de una vida desquiciada a su
pesar.
Pero Mararía vive en un mundo,
como tantos mundos preeliminares al nuestro, que son su verdugo y a la vez son
los reos de sí mismos.
Si una palabra define esta novela
es “tragedia”. Tragedia social, tragedia personal de María, tragedia compartida
de aquellos que la amaron, tragedia en los vasos de vino bebidos en “tascas” de
suelo en tierra pisada de pueblos interiores de posguerra; luto y pesar y
hambre. Pueblos donde cada uno tiene su lugar y su función: el alcalde, la
alcahueta, el camionero y el jorobado.
Arozarena narra desde la
distancia de un recién llegado y sin embargo no elude su implicación personal.
El autor se introduce como narrador en la vida de los protagonistas para
averiguar, pero sobre todo entender, qué ocurrió. Y comparte modos de vida que
desembocan en su relato de la precariedad de lo precario.
La novela está perfectamente
construida, mantiene el pulso durante toda su lectura, maneja el lenguaje con
sencillez pero con contundencia y conocimiento. No estamos hablando de un recién
llegado con su primer borrador bajo el brazo. Arozarena es un gran escritor, un
magnífico poeta. La novela fue finalista al prestigioso premio Nadal, y
seguramente el autor será reconocido fundamentalmente por ella. No obstante,
tras leer Mararía apetece adentrarse en otros senderos explorados por el autor:
sus poemas, sus relatos.
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