martes, 28 de enero de 2014

Una noche en el club, de Christian Gailly

Si se me permite hacer un desnudo parcial, imprescindible para comprender porqué esta pequeña novela me resultó apasionante, puede que transmita mejor el interés y el valor de este libro.
Uno viaja por la vida con sus propios fantasmas. Una noche de largas caricias sensuales en acordes delicadamente punteados de guitarra acústica como fondo a una flauta travesera en una canción de Jethro Tull (“Thick as a brick”) rota al final por una explosión de placer expresada en el agudo chillido de las guitarras eléctricas y un órgano Hammond sonando a psicodelia de los años 70: escena ésta que transcurre en un amplio loft del East Side de NY.
Si además, en esas edades donde todos hemos querido ser re-creadores y trans-formadores del mundo, uno ha sido bohemio de acuarela pisando garitos nocturnos en Pigalle, habitando oscuros hoteles “de encuentro”, disfrazado con un foulard de lino y chaqueta de pana... el resultado es que este pequeño libro nos cuenta la historia del que nos hubiera gustado ser, y del íntimo anhelo de que nos ocurra.
La historia de un pianista roto por el alcohol que ha rehecho su vida como burgués cuidado y asentado. La historia de un recodo casual de su renovada vida que le hace revivir de nuevo el jazz, el alcohol, los amores de barra de bar… con el sentimiento de que jamás debió abandonar todo aquello. Porque aunque todo aquello le lleva nuevamente al derrumbe, el camino a oscuras y sin trazado claro es la vida que apasiona, y en la vida que ha construido siente que ya estaba sin vida.
El placer del mar desnudo después del amor furtivo tras una noche de licor, de sudor, de música. La noche como refugio donde dar suelta al que íntimamente somos. Remordimientos y tragedia. Ese tren que sucesivamente parte sin nosotros porque no queremos volver. La historia contada por Gailly recuerda la letra de esa canción de Manolo García, Insurrección:
“barras de bar,
vertederos de amor,
os enseñé mi trocito peor...
retales de mi vida, fotos a contraluz...”
Este pequeño libro es una construcción perfecta. Una novela construida con la estructura redonda y tradicional enunciada por Pío Baroja. Un libro “de libro”. Capítulos breves, hilados. Presentación-trama-desenlace. Pero además posee un lenguaje fotográfico: se suda el sudor, tiemblan las manos sobre las manos temblorosas del protagonista, se huele el denso humo del tabaco en el bar sumido en un sótano, se masca el sabor a resaca y wisky, se escuchan esos acordes de piano superponiéndose al contrabajo y a las baquetas, se inundan los ojos de ese verde que enmascara la sangre en un hospital.
Cuentan mis amigos más próximos a la literatura francesa y mucho más expertos que yo, que Christian Gailly responde perfectamente al personaje de su novela, un enfant terrible de la noche, solitario y meditabundo. Bohemio antes que escritor. ¿Qué escritor en el fondo no está escribiendo sobre sí mismo y sus fantasmas?.
Premio Inter y mejor novela del año según los lectores de la revista Lire, con 150.000 ejemplares vendidos. Ese fue el tirón que me hizo acercarme a él y enamorarme de su literatura. Cuando acabé el libro sentí que me habían faltado muchas páginas, que la novela era muy breve. Y así seguramente debía ser: es probable que las grandes conmociones sean tan breves y veloces como ese tren que pasa a una hora, y a otra, y a otra, y pasa siempre de largo porque en el fondo no hemos querido cogerlo.

El amante del Volcán, de Susan Sontag

Soy de los tópicos castellanos que crecieron en la lectura sólo con autores en lengua española. Y no me refiero sólo a la imposibilidad de leer en lengua original obras de escritores ajenos al mundo hispanoamericano. Hablo de un cierto desdén frente a la creación literaria de otros pueblos. Como si con Cervantes, Garcilaso, Quevedo, Machado y Lorca... se acabara el universo literario de calidad.
Sólo tardíamente he descubierto autores “extranjeros”, en este caso norteamericanos, en los que su lectura se me ha transformado en pasión. Sin afán recopilatorio y sin orden, Roth, Chevalier, O´Briam, Auster... y demasiado tardíamente (por su, aún podemos decir, reciente fallecimiento) Susan Sontag.
Hago, con lo dicho, reconocimiento de mi inconsistente y pueblerina cultura. Pero también quiero hacer constar que trato de recuperar como alumno aventajado el tiempo perdido.
“El Amante del Volcán” no sólo es una magnífica historia. Es la descripción de las almas de los personajes que introduce, de sus pasiones, de sus respuestas a la vida, de su manera de afrontar un mundo en cambio y de salvaguardar los retales de propiedad íntima que la vida les deja. Es un recorrido por las diferentes obsesiones cambiantes a lo largo del camino vital de la persona, el coleccionismo como forma de vida y de retener y soltar aquello que deseamos por bello, el amor en diferentes facetas, el valor y sus cobardías inherentes, el estatus social que nos condiciona y nos acepta y nos rechaza, nos usa y nos abandona.
Ubicada la trama a caballo del fin de siglo XVIII y comienzos del XIX y entre Inglaterra y el Reino de Nápoles, no es una novela histórica sino un relato sobre la pasión, el cambio, el amor, los condicionantes sociales como categorías que trascienden la mera cronología.
Uno, que es coleccionista –en mi caso de libros-, buscando el regocijo no sólo de su uso sino de su posesión, se siente desnudo ante páginas de este libro que adentran en los mecanismos del hombre que trata de acumular belleza por la necesidad de hacer a su alrededor un mundo estable e imperecedero que eluda así el paso inexorable del tiempo.
El protagonista en torno al cual se registra la vida del resto de personajes queda definido por su afán coleccionista; y en torno a esa cualidad se pueden leer todos los matices que el prisma de su vida acarrea: antigüedades, imágenes del volcán, cuadros, piedras... pero también queda definido su ser coleccionista en sus amores y en sus relaciones con los otros. Su mujer, el amante de su mujer, su sobrino, los Reyes de Nápoles... son cuadros cuidados de su colección a los que trata con distancia y a los que permite unas relaciones y actitudes poco convencionales.
Los ocasionales saltos que la autora hace a referencias del presente, pequeñas pinceladas que distancian al lector de la tentación de sumergirse de lleno en la historia sin trascender al mensaje que ofrece, lejos de romper la magia de la lectura, nos recolocan periódicamente en el trasfondo de la obra: la profundización en el alma humana que se apasiona indistintamente del tiempo en el que le haya tocado vivir.
Pasión. Esa es la palabra que define el contenido de la novela de Susan Sontag. Un manejo del lenguaje ejemplar y muy asequible.
Un reconocimiento muy especial a Marta Pessarrodona, su traductora. Una novela imprescindible.

Mararía, de Rafael Arozarena

Tolero bastante mal que me impongan las lecturas. Depende de quién vengan, ni siquiera tolero las sugerencias. La arrogancia, prima hermana de la ignorancia, es una “virtud” arraigada en mí, y por ello los consejos sobre como satisfacer mi vicio solitario de lectura, caen muchas veces en saco roto. Craso error.
Es el caso de la novela que hoy comento.
Sucedió que acudí a dar una conferencia en un congreso a las Islas Canarias hace ya algunos años. Los organizadores me agasajaron con gran amabilidad, y entre la documentación del congreso y algún detalle “cerámico” deslizaron en la cartera del evento un pequeño libro (pequeño por su tamaño, que no por su extensión o calidad) que resultó ser Mararía de Arozarena, un escritor canario del que, sinceramente, desde mi inconsistente cultura literaria, jamás había oído hablar. Si a ello le añadimos que venía editado por una editorial local y recordamos mi inherente ser arrogante antes reconocido, el desdén por la obra fue total.
Sólo mi pasión coleccionista de libros no hizo que acabara el texto en un rincón del desván donde han quedado almacenados para el recuerdo (¿o quizá para el olvido?) aquellos objetos imposibles que me entregaron con agradecimiento inmerecido los que con mi agradecimiento cuentan por soportar mis diatribas: un grabado en plata de la catedral de Burgos, la miniatura en plomo del monumento a los Fueros de Pamplona, una lámpara minera de León, el escudo emblema de un cuartel de infantería con placa de agradecimiento a mis servicios, ciclistas en cerámica gallega de Sargadelos que, se intuye, corren el Camino de Santiago...
No obstante la novela quedó en el olvido. Pasó a engrosar la extensa pila de libros “pendientes” que quedan muy elegantes, por decorativos, en una pequeña mesita del salón de casa. Un paisaje doméstico muy intelectual.
Pero si algo me enrabia de verdad es poseer algo que no tenga uso. Y en el caso de los libros no me basta con su uso estético. Además, soy bastante autocrítico con los prejuicios que me construyo desde la ignorancia. Y por fin este verano le hinqué el ojo y resultó que casi le hinco el diente de lo sugestivo y apetitoso que resultó el texto.
Mararía es una obra del año 1973 pero podría serlo por su consistencia, por su tristeza, por su desconsuelo ante la sociedad que relata, una obra muy anterior. No sé si acierto en mi juicio pero, si tuviera que incluirla en alguna corriente literaria, la ligaría al camino trazado por novelas como La familia de Pascual Duarte de Cela, como Nada de Carmen Laforet, como Tiempo de silencio de Martín Santos... Es decir, todo un estilo, ya clásico, duro, realista, triste y sin embargo maravilloso, de posguerra española. Es la novela más conocida de un autor muy conocido (lo que redunda en mi reconocida ignorancia). Tras su lectura he encontrado traducciones al alemán, al inglés, al italiano... y que, como no podía ser de otra forma en una novela tan “visual”, se ha llevado al cine en 1998 con participación de director, actores, músicos... más que relevantes del mundo cinematográfico español.
Mararía es María, todo un paradigma de “la-mujer”, de la tragedia por ser mujer: bella, inteligente, trabajadora. Y humillada, despreciada, y rota en su destino roto. Por ser mujer, por ser bella, por ser apetecible. Atada en corto, que es como se ha mantenido a las mujeres durante siglos y siglos, y sociedades y sociedades. Mararía podría ser la historia y el destino de cualquier mujer en cualquier país. Mararía es la tragedia de ser mujer. Mararía es el destino orate de una vida desquiciada a su pesar.
Pero Mararía vive en un mundo, como tantos mundos preeliminares al nuestro, que son su verdugo y a la vez son los reos de sí mismos.
Si una palabra define esta novela es “tragedia”. Tragedia social, tragedia personal de María, tragedia compartida de aquellos que la amaron, tragedia en los vasos de vino bebidos en “tascas” de suelo en tierra pisada de pueblos interiores de posguerra; luto y pesar y hambre. Pueblos donde cada uno tiene su lugar y su función: el alcalde, la alcahueta, el camionero y el jorobado.
Arozarena narra desde la distancia de un recién llegado y sin embargo no elude su implicación personal. El autor se introduce como narrador en la vida de los protagonistas para averiguar, pero sobre todo entender, qué ocurrió. Y comparte modos de vida que desembocan en su relato de la precariedad de lo precario.
La novela está perfectamente construida, mantiene el pulso durante toda su lectura, maneja el lenguaje con sencillez pero con contundencia y conocimiento. No estamos hablando de un recién llegado con su primer borrador bajo el brazo. Arozarena es un gran escritor, un magnífico poeta. La novela fue finalista al prestigioso premio Nadal, y seguramente el autor será reconocido fundamentalmente por ella. No obstante, tras leer Mararía apetece adentrarse en otros senderos explorados por el autor: sus poemas, sus relatos.

Pasiones romanas, de Mari Pau Janer

Cuando yo era más jovencito y pertenecía a los boy-scouts (hace ya años que por salud, especialmente la mental, los tuve que abandonar), realizábamos en las animadas e inocentes veladas nocturnas en torno a una hoguera (no confundir con aquelarres) en los campamentos de verano, un sencillo juego (¿o tal vez era un juego absolutamente ridículo?) que consistía en continuar la frase con que el Jefe iniciaba una historia, añadiendo cada uno de los patrulleros (“Jabato Alegre”, “Puma Diestro”, “Lobo Dulce”, “Bisonte Grácil”...) matices rocambolescos que dificultaran la continuidad al siguiente compañero y que finalmente diera como resultado una narración inverosímil de la que nos reíamos con alegres chilliditos (¿o era quizá de manera estúpida?).Esta es la sensación que tuve al leer el extenso libro de Janer (extenso es un término relativo a la sensación vivida durante su lectura). Pónganse en situación y realicen a varias voces (o en soledad pero cambiando aleatoriamente el timbre de voz) el juego de los boy-scouts con el sintético e incompleto resumen que de la novela ofrezco:

- Ignacio está en un aeropuerto.
- Recuerda a Dana, a la que abandonó, y se va a Roma a buscarla.
- Dana es mallorquina.
- Dana conoció a Ignacio, que es mallorquín, en Mallorca.
- Pero Ignacio está casado.
- Pero se van a vivir juntos y hacen el amor.
- Pero Ignacio vuelve con su mujer que es una arpía de primera y mallorquina también.
- Dana llora y se va a Roma.
- Allí conoce a Matilde que es mallorquina.
- Matilde sufre mucho porque se le han muerto tres maridos.
- Dana conoce en Roma a Marcos que es mallorquín y sufre mucho.
- Porque se le murió su chica que es de Llubí (Mallorca).
- Su chica llevaba zapatos de cristal y hacían el amor.
- Pero sólo se murió un poquito.
- Marcos conoce a Antonia que es de Mallorca y hace el amor.
.../...
(Añadan muchos más llantos, algunos encuentros picantones desgraciadamente nada explícitos, muertes, abandonos y cuatro o cinco personajes más).
Y al final casi todos, menos Dana y, ¡claro está!, los que han muerto, vuelven a Mallorca. Lloran mucho, comen verduras de colores, carnes especiadas y se consuelan unos a otros.
Habrán comprendido dada su sagacidad (y porque lo dejé anotado más arriba) que he simplificado la trama del libro. Pero me atrevería a decir que no excesivamente.
Janer tiene un uso del castellano correcto. Maneja bien la narración aunque hay capítulos que se espesan con lugares tópicos más de lo deseable. Acude a los saltos de tiempo como recurso literario sin especial creatividad, pero bien trazados. Deja abiertos los capítulos entremezclando tramas para mantener la tensión. Como en los culebrones venezolanos o españoles que pueblan la magnífica programación de nuestras televisiones.
Creo sinceramente que no es un libro para recibir un premio de 600.000 euros... por el respeto que me producen tantos ceros tras un dígito. Pero también creo que no es su culpa... suya de ella... de Maria de la Pau... y por tanto, confío que haya disfrutado de ellos. Si me permite la frivolidad, ahora que estamos en crisis, espero que no los haya invertido en una casa, aunque si lo ha hecho, mejor en Mallorca que en Roma: en España ha sido una forma de “pelotazo económico” muy al alza hasta hace muy poco.
Probablemente el premio Planeta ya no busca, si es que alguna vez lo hizo, alta calidad literaria, sino puro y duro comercio de letras “juntadas”. No hay proporción entre el valor del dinero recibido, que les puedo asegurar que no gano yo todos los días en mi trabajo, y el valor literario (hay premios mucho más modestos que han recaído en libros realmente novedosos y excepcionales).
Y sin embargo es un libro legible (¡ya sé que todos los libros son legibles! me refiero a que tiene una lectura amable). No es mi estilo de lectura (quizá si de mi escritura, pero yo tengo pudor para no presentarme al Planeta), como el avispado lector ha podido captar entre líneas. Pero a buen seguro creo que sería muy del gusto de mi muy querida suegra, ávida conocedora de los enredados perfiles psicológicos de los personajes de los programas de “reality” de televisión, sensible ante las pasiones primarias y radicales de los seriales, sinceramente creída en que la vida misma es una novela escrita de dolores y sufrimientos que quizá se rediman cuando aparezca de manera providencial el Príncipe Azul de cada una. O de cada uno si fuera el caso. Es un libro bien construido con una historia un poco empalagosa para mi paladar lector, pero seguro que coincidente con el gusto literario de mucha gente.
No le ha hecho ningún favor... al libro, el hecho de recibir el Premio Planeta. El revuelo que se montó por las declaraciones del jurado el escritor Juan Marsé, o del padrino de edición el fallecido y recordado Francisco Umbral cuando pretendidamente debía loar la obra en su presentación pública, debieron echar atrás a muchos “lecto-consumidores” que ya no se animaron a su compra y posterior lectura. O Quizá sí: Planeta siempre resulta rentable.
Yo mismo reconozco que lo compré por obligación, por el compromiso que adopté con La Casa que Grita de contar mi impresión de simple lector al margen de las profundas y sesudas críticas literarias que de manera tan cruda han hecho arder la obra (había motivos para dicho acto pirómano).
Y lo leí porque lo compré, y trato de leer todo lo que compro para que no me regañe mi mujer por despilfarrador. De no mediar ese compromiso habré de admitir que me habría dejado llevar por la opinión de los críticos más críticos que ya desde la concesión del premio nos avisaban y no hubiera comprado el libro.
En su lectura he de reseñar que he pasado momentos al borde de un ataque de nervios, momentos entre tinieblas, momentos en que lo que mandaba era “la ley del deseo”... de abandonar la lectura; pero también ratos de verdadera pasión por adelantar hojas para conocer el desenlace de la trama que, sin presunción de ningún tipo respecto a mi cociente intelectual y sin que posea yo poderes adivinatorios reconocidos, he de afirmar que siempre coincidía con lo que yo esperaba. Para finalizar la lectura de la obra y dado que me iba yo dando a mí mismo largas en la tarea, me tuve que embarcar (literalmente) en sucesivos trenes a lo largo de toda una mañana para forzado en la soledad del viajero concluir la faena. Las últimas trescientas páginas me costaron cuatrocientos kilómetros de ferrocarril (varias idas y vueltas Madrid-Segovia en el cercanías).
Recomiendo su lectura. Contradictoriamente a lo que se puede pensar, la recomiendo sinceramente. Es un libro ideal para llevar a la playa del Arenal en Mallorca, en época estival, con 39 grados a la sombra. Mientras te tuestas al sol entre millones de seres humanos desnudos o semidesnudos y embadurnados de cremas y aceites, aspirantes a convertirse en entrecot pasado a la parrilla, acercarte a su lectura. Si te vence en esas circunstancias el deseo de abandonar la lectura al llegar, por ejemplo, a la página 69 (sin que ello tenga necesariamente connotaciones de ningún tipo), sus dimensiones físicas siempre pueden facilitarte su uso como parasol.

Ventanas de Manhattan, de Muñoz Molina

Ventanas de Manhattan es el Cuaderno de Bitácora que a todo viajero a la Gran Manzana le hubiera gustado escribir. Que a mí me hubiera gustado saber escribir.
Es el relato de los pasos por la ciudad que se niega a ser historia porque su trasiego cotidiano crea la historia desde hace ya muchas décadas.
Un libro que escapa de la literatura de consumo. Al contrario que en los miles y miles de títulos que aparecen a diario para su compra y deglución inmediata, incita a la lectura reposada y evocadora, al disfrute estético de su lenguaje, al recorrido pausado por imágenes, retratos, sensaciones…
Un libro inadecuado para lectores que necesiten de una historia para leer. “Ventanas de Manhattan” narra la vida que trasiega por las grandes avenidas y calles cruzadas desde la mirada entretenida tras los grandes ventanales de un café neoyorquino. Y descubre, en un ejercicio de respetuoso voyerismo, la otra vida que sin pudor se aprecia al atardecer, en los millones de ventanas que iluminan la arquitectura en altura de esa ciudad imposible.
Para un viajero que no llegue a NY con el espíritu de un turista, es tan fácil identificarse con el relato de Muñoz Molina desde las primeras páginas en que narra las vicisitudes del aeropuerto JFK que uno tiende a pensar que está leyendo su propia historia. Pero las páginas de este libro trascienden la propia ciudad de Nueva York y elevan a categoría el paseo curioso y literario por cualquier ciudad del mundo.
El escritor, cargado con un cuaderno inserto en su bolso de hombro, pasea por sus calles deteniéndose en la grandiosidad de la ciudad, sus rascacielos y sus librerías de barrio, sus exposiciones y museos, sus cafés y sus espectáculos, sus lujos y su infinita oferta cultural (como si todos los minutos fueran de creación en esta ciudad). Pero también se para ante los paisajes más sórdidos inherentes a la masa humana que contiene: sus escenas del suburbano, sus mendigos, sus rateros, sus guetos sociales, sus solitarios protagonistas solos entre millones de personas.
“Ventanas de Manhattan” es el relato que hubiera escrito yo mismo de poseer la fuerza expresiva, el talento creador, la arquitectura del lenguaje que posee Muñoz Molina. El relato de amplias calles, de luces, comercios, músicas, libros, lujos, prisas, chicanos y negros. El cuaderno que contara el frío que pasé en ese duro invierno de la costa este, la alegría al descubrir que tenía la mente llena de tópicos falaces respecto a los estadounidenses, el valor y el calor de un café en vaso de papel tomado en sus aceras, la oscuridad de los prematuros atardeceres de febrero que se iluminan por esas ventanas de la ciudad erguida en una altura endiosada, verdaderas estrellas eléctricas que resplandecen en sus calles, esas calles de aceras oscuras apenas iluminadas por las luces de las cornisas de tejido de los portales de los edificios.
Vivió el autor el 11-M en Nueva York tan accidentalmente como accidentalmente lo vivió la ciudad. Y no trata de profundizar en las causas porque las causas no se encuentran en NY. Ejercita su reflexión en sus gentes, en su inicial estupor y tristeza, y en su capacidad de volver a levantarse y tornar a erigirse nuevamente como el corazón del mundo, sin vanidad y sin perder su identidad.
Muñoz Molina, ese chico de Jaén (permita el autor esta licencia de un chico de Vallecas que lo lee con pasión), quizá sabía que necesariamente acabaría al poco tiempo residiendo en aquella ciudad.